
Cartas imposibles: Hernán, ¿qué hacemos contigo?
Querido Hernán: Entre la exclamación y la eterna pregunta: ¿qué hacemos contigo? ¿Te guardamos, te escondemos, te pronunciamos, te olvidamos o, de plano, te borramos?
Tengo mis dudas. Son pocas, porque me asalta una certeza: eliminar tu nombre no reivindica a nadie ni modifica una historia que ya ocurrió, con todo y sus guerras, alianzas, traiciones, vencedores y vencidos.
Ahora resulta que surgió la idea de cambiar el nombre del Paso de Cortés, ese lugar entre el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl por donde pasaste en 1519 rumbo al valle de México. El lugar existe; la historia también.
¿De verdad creemos que cambiando un letrero cambiaremos el pasado?
Hernán, permíteme una confesión que puede sonar antipatriótica y hasta irreverente: soy una mexicana que, de vez en cuando, visita la Iglesia de Jesús Nazareno, en el Centro Histórico, para mirar —que no venerar— el lugar donde reposan tus restos.
Qué palabra tan dura: restos. Lo que queda de ti, Hernán, el trashumante.
Una vez yendo con mi familia al Centro Histórico les propuse pasar por ese templo, construido junto al Hospital de Jesús que tú fundaste. Ahí estás, dicen, detrás de un muro.
Y entonces vuelvo a preguntarme: ¿qué hacemos contigo? ¿Con el hospital? ¿Con la iglesia? ¿Con los edificios, los documentos, los relatos, los nombres de las calles? ¿Con esa copiosa historia que aparece a cada paso?
Tus huesos, por cierto, tuvieron una odisea propia: después de tu muerte, en 1547, fueron trasladados varias veces entre España y México y, tras la Independencia, permanecieron ocultos durante más de un siglo para protegerlos de una posible profanación. Finalmente fueron localizados y autenticados en la Iglesia de Jesús Nazareno.
Mira qué ironía, Hernán: intentaron esconder tus restos y no pudieron esconder tu historia. Tampoco podrán hacerlo ahora.
Porque una nación no se reconcilia con su pasado borrando nombres. Se reconcilia estudiándolo, entendiéndolo, nombrando también a quienes fueron vencidos, escuchando a los pueblos originarios y reconociendo sus agravios.
No necesitamos glorificarte, pero tampoco necesitamos fingir que no exististe.
Puedes llamarte Cortés, Hernán o conquistador. Puedes gustarnos poco, nada o muchísimo. Lo que no puedes dejar de ser es historia. Así que, querido Hernán, no sé qué haremos contigo, quizá lo sensato sea algo mucho más difícil que borrarte: recordarte sin convertirte en héroe, estudiarte sin convertirte en villano y aprender de aquello que ocurrió hace más de quinientos años.
Con históricos recuerdos, Dunia.


