Por Gerardo Fernández Casanova / gerdez777@gmail.com

Todos los teóricos del capitalismo reconocen las imperfecciones del mercado y la libre competencia; reconocen que corresponde al Estado el corregir dichas imperfecciones. 

El ejemplo más común se refiere a las legislaciones contra los monopolios que determinan la obligación y la facultad del estado para evitarlos. 

Otro ejemplo es el caso de las leyes en materia laboral que ofrecen condiciones de mayor simetría en las relaciones entre el capital y el trabajo; en una economía con pleno empleo se limita el poder sindical para proteger al patrón.

A la inversa si la oferta de mano de obra es mayor a la demanda, se protege a los trabajadores y a sus sindicatos; en ambos casos se trata de buscar un equilibrio justo, en donde también es el estado quien arbitra. 

Cada país registra diferentes grados en materia de imperfección de la competencia, por lo que no pueden aplicarse recetas iguales para casos diferentes.

Me mantengo en la lógica del capitalismo. Decía Bertrand Russell: “Tanto Estado como sea necesario y tanta sociedad como sea posible”. 

En países con alto grado de marginalidad y pobreza se requiere de una mayor participación estatal en términos de combatir tales defectos, en la medida de lo necesario y mientras sea necesario. 

México está precisamente en tal condición y en grado superlativo; en tal virtud, es indispensable una fuerte intervención del estado en la economía para remontarla.

Al término de la II Guerra Mundial Europa requirió de una vigorosa intervención estatal (Plan Marshall) para recuperar sus economías y establecer un muy importante estado de bienestar para combatir el peligro del comunismo representado por la URSS (verdadero vencedor de la Alemania Nazi). 

Pero, siguiendo en la misma lógica, llegó un punto de quiebre en que las conquistas logradas por el proletariado afectaron la capacidad de acumulación de capital y colocaron en crisis las economías capitalistas. 

La Sra. Tatcher en Inglaterra y Ronald Reagan en USA recibieron el mandato de sus electores de resolver la crisis y optaron por la vía ultracapitalista e impusieron el neoliberalismo (reaganomics). 

La llamada Dama de Hierro hizo frente con absoluta decisión a los sindicatos mineros y ferrocarrileros cuyo estatus de bienestar les restaba capacidad de competencia a sus manufacturas con el resto del mundo, y triunfó. 

De ahí pasaron a establecer el laboratorio del neoliberalismo en Chile, aprovechando la dictadura de Pinochet, y produjeron la receta que habrían de imponer a todo el mundo, sin detenerse a considerar peculiaridades. 

El embargo petrolero árabe les ofreció el instrumento del endeudamiento generalizado, la quiebra del impago y la necesaria renegociación, con ello la extensión del neoliberalismo a rajatabla que determinaba la eliminación del estado en su función económica, con lo que reforzaban su capacidad competitiva mundial y su dominación del llamado Tercer Mundo. 

Pocos países supieron negociar. Corea del Sur lo hizo con excelencia (también tenían una dictadura, pero nacionalista) manteniendo una fuerte intervención estatal para solventar su desarrollo y obtuvo resultados también de excelencia y hoy es potencia económica.

México, y en general América Latina, cayeron en la misma trampa y negociaron dando la espalda a sus pueblo y las que te platiqué al Fondo Monetario Internacional (FMI). 

Por principio de cuentas exigieron la contención salarial y la libertad al capital; para este efecto, dejaron correr la inflación y “otorgaban” aumentos salariales para que Fidel Velázquez y la CTM no perdieran su base de apoyo (fui testigo presencial de tal solicitud del Presidente Echeverría al sector empresarial) aunque siempre era menor a la inflación. 

Luego se empleó este mecanismo para atraer inversión externa: la competitividad en costos de mano de obra.

Así el modelo funcionó, creando “organismos de estado” autónomos del estado. Una Comisión Federal de Competencia Económica (COFECE) y sus juzgados especializados en “competencia económica” (léase Gómez Fierro & Co.). 

Las reguladoras de energía, las privatizaciones de bancos, ferrocarriles, puertos, fertilizantes y petroquímica, y todas las que se pueda Ud. imaginar, de suerte de que era poco importante quien gobernara: de todos modos estaría sometido al modelo impuesto: fuera el estado de la economía. 

La más grande obra de López Obrador ha sido la de gobernar exitosamente, aún con tales ataduras y el consiguiente coraje de sus opositores entreguistas.

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