Los demócratas en Estados Unidos saben que desgastar a López Obrador es desgastar a Trump, pero saben también que desgastar a Trump no implica desgastar a López Obrador, cuyo capital político está ileso.

Postigo

Por José García Sánchez

Por hábito más que por convicción se pensó que los demócratas de Estados Unidos eran más proclives a tener una buena vecindad con México. El viaje del Presidente de la República no sólo precisa las posturas del presente sino que corrige las acciones de pasado.

Cualquiera que haya sido la razón aparente o de fondo, la vista de Andrés Manuel López Obrador, lo cierto es que afectó directamente a los demócratas porque las encuestas se revirtieron luego de esa gira. 

Si López Obrador no tuviera peso, los demócratas, encabezados por Hillary Clinton, Joe Biden y Nancy Pelosi no estarían pensado en venir a México y hacer tratos con los conservadores del país para mitigar la fuerza que el Presidente de México.

La fuerza que conserva el Presidente de la República ahora tendrá dos frentes paralelos, el primero que sigue vigente es la oposición desmembrada que ensaya derrocamientos y marchas y, por el otro, la oposición de Trump, que quiere imponer un modelo político que demostró su decadencia.

La herencia que emana desde Rockefeller, Rothschild, Soros, y recae en Clinton y Biden ahora dirige sus embates contra Trump en Estados Unidos y estará dispuesta a combatir, indirectamente a la 4T dentro de México y de Estados Unidos. 

Es decir, puede haber un aliado fuerte de la oposición mexicana, que tampoco puede considerarse un contrapeso, pero sí una fuerza moral que puede hacer que los alicaídos opositores no decaigan en su propósito de seguir organizado marchas los fines de semana.

Ahora vendrá una serie de ataques desde otro frente, pero a través de las mismas trincheras, de los mismos medios para tratar de alcanzar los objetivos que no han podido siquiera iniciar.

Los demócratas en Estados Unidos saben que desgastar a López Obrador es desgastar a Trump, pero saben también que desgastar a Trump no implica desgastar a López Obrador y por lo que pelean los demócratas es por el voto latino, especialmente por el voto de los mexicanos en el extranjero.

El capital político de López Obrador está ileso desde hace dos años y esto lo saben los estadounidenses y en especial los demócratas que conocen los alcances de esta popularidad, aunque en México, intenten escamotear ese capital político los opositores desesperados ante su impotencia y esterilidad.

Aun considerando un triunfo de los demócratas, éstos en el poder han sido más agresivos que los republicanos, sólo que su discurso no es tan altanero. Las rencillas políticas no pueden ocurrir entre países vecinos porque hay necesidades muy concretas y una frontera de más de tres mil kilómetros que delimitan las agresiones e impiden amistades y al revés.

Estamos acostumbrados a ver la política entre buenos y malos, entre conservadores y liberales, entre izquierda y derecha, pero en este caso los únicos dos partidos del vecino país no son ni buenos ni malos, son peores o pésimos.

Estados Unidos debe mostrar su superioridad, sobre todo con el país vecino y esta vez, con la vista de López Obrador a Washington, es la primera vez en la historia que los presidentes de ambas naciones se ven a los ojos de igual a igual, a un mismo nivel. No sólo ante los ciudadanos de ambas naciones sino ante el mundo entero.

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