
Democracia sin votos
POSTIGO:
El voto ha recibido serias agresiones, algunas de ellas estridentes, otras discretas y otras que por ser habituales no son tomadas en cuenta.
Tal es el caso de Estados Unidos, donde el voto no tiene ningún caso, no sólo porque hay dos partidos, sino porque ambos son iguales. Si algo es innecesario en ese país es el voto.
Cuando comenzó la campaña para las elecciones de noviembre 2026, los republicanos hicieron hincapié en la seguridad fronteriza y en la inflación, y los demócratas se enfocarían en la profunda impopularidad de Trump. Esos son sus proyectos de nación. Desde luego, que no hay necesidades sociales según su visión, sólo negocios que puedan hacer desde el poder.
La postura de Trump no se cumplió; dijo que impondría la paz y la guerra se extiende por el mundo. Los migrantes siguen pasando la frontera y ha hecho lo que se le pega la gana, a pesar de la voluntad en contra de demócratas y de los propios republicanos. Es decir, su proyecto estratégico electoral se echó a perder en unos meses y buscan ideas ahora para mostrar su diferencia con el contrincante.
Trump condujo al país a una guerra contra Irán sin un final, lo que alteró el flujo mundial de petróleo y disparó los precios en las gasolineras. Esto hace del voto una actividad innecesaria y de la competencia electoral, una dictadura, que podría ahorrar millones de dólares si no se realiza; simplemente se llama al orden y se le obliga al gran dictador a acatar las leyes.
Republicanos y demócratas mantienen una pugna interna entre moderados y progresistas. La pregunta radica en qué tan moderados o progresistas pueden ser dentro de un margen tan estrecho. También entre los republicanos hay un pleito interno entre conservadores y conservadores radicales, cuando el parámetro es muy limitado. La derecha y la ultraderecha no alcanzan a definir sus límites, ni sus ideas, ni las propuestas, ni dan lugar a debates sustanciosos.
Poca diferencia existe entre un país que celebra elecciones con sólo dos partidos y anunciar que no habrá elecciones. Es cuestión de enfoques.
Por si fuera poco, se arremete contra el voto casi siempre desde la Casa Blanca. Ahora su inquilino paranoico señala que Venezuela no está lista aún para elecciones, pero, reconoce, ha hecho "muchos progresos".
Daniel Ortega anunció: “no volverá a haber elecciones”. La coartada es perfecta para mostrar cómo algunos países de Latinoamérica están evidentemente carcomidos por los fraudes electorales y golpes de Estado, encabezados por Estados Unidos, donde la voluntad del pueblo es asesinada.
Chile, Argentina, Perú, Colombia, Ecuador, Honduras, El Salvador, entre otros, han tenido elecciones manipuladas, con votos alterados y algoritmos adulterados, con pruebas que evidencian el fraude electoral. Y toda una maquinaria de derecha y ultraderecha que no respeta la voluntad del pueblo.
Sí, Nicaragua votó de manera mayoritaria por el partido de la revolución sandinista y lo viene haciendo así desde hace casi 40 años. En las siguientes elecciones se corre el riesgo de la compra de votos, de impedir el voto directo del pueblo, de manejar las cifras en las actas. No tiene caso entregarle a Estados Unidos, a través de la derecha local, el gobierno, cuando se sabe, de sobra, que en elecciones como las más recientes en los países mencionados, la mayoría no triunfó.
Ante esta situación, el secretario de Estado, Marco Rubio, calificó al régimen encabezado por Ortega y Rosario Murillo de “dictadura” y sostuvo que el mandatario demuestra “cobardía” y temor a la voluntad del pueblo nicaragüense, cuando en realidad no hay mucha diferencia con el remedo de democracia que se vive en su país.
Pareciera que la única manera de blindar a la democracia del fraude electoral es suspendiendo las elecciones. Porque todos los frentes hacia la democracia están bloqueados por los financiadores de la derecha, que no tienen votos pero tienen dinero.
Calificar de antidemocrática la decisión de Daniel Ortega no sólo es simplista sino superficial. Desde luego, no es democrática, pero sí nacionalista, porque detrás de esta decisión hay una serie de violaciones a las leyes electorales y a la voluntad popular que no justifican la decisión, pero la explican satisfactoriamente para quienes conocen la historia de Latinoamérica.
Las agresiones contra el voto vienen de la derecha, directa o indirectamente. El caso de la despreciable profesora de la Universidad Panamericana es otro ejemplo de convertir los derechos en un club de privilegiados. Prueba de que las universidades confesionales en México no educan, adoctrinan.
La derecha no quiere votos, desprecia la democracia y pugna por dictaduras disfrazadas de emancipación de la izquierda, como si se tratara de una pandemia.


