Más que cruzarse la banda presidencial en el pecho cubrían con ello los ojos, se ataban las manos y se las ataban también a quienes supuestamente deberían procurar e impartir justicia.

Juan Collado, Genaro García Luna, los dos Emilios (Lozoya y Zebadúa), Tomás Zerón, Alonso Ancira, Rosario Robles, el propio general Salvador Cienfuegos, el mismísimo Luis Videgaray, quedaron con el cambio de régimen en el desamparo. Hoy ya no hay, como ocurría siempre, quien les garantice impunidad en las altas esferas del poder.

Dependen de las argucias de sus abogados y de la fragilidad o fortaleza de cómplices y colaboradores menores que se encargaban de apoyarles y que lo sabían todo de ellos. Unos ya han comenzado a negociar o habrán de hacerlo para tratar de evitar, aquí o en Estados Unidos, largas condenas de cárcel.

Los dos Emilios se acogen al criterio de “oportunidad” y delatan; Robles resiste y se finge rehén; Zerón huye; Ancira contrademanda. A Videgaray se le comienza a acorralar. Solo señalar hacia arriba podría salvarlos. El cerco de la justicia se cierra, por fin y para el bien de México, en torno a Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto. @epigmenioibarra

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