Salud mental en México: no basta con pedir ayuda
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Salud mental en México: no basta con pedir ayuda

Dra. Joselyn Lugo
Dra. Joselyn LugoColumnista de Opinión • 7 de octubre de 2026 a las 16:14 h

10 de octubre, Día Mundial de la Salud Mental. En México hablamos cada vez más de salud mental. La mencionamos en las escuelas, en los centros de trabajo, en las redes sociales y hasta en conversaciones familiares que, hace algunos años, difícilmente habrían ocurrido. Sin embargo, hablar más del tema no significa necesariamente que estemos atendiendo mejor el sufrimiento emocional de nuestra población.

Ahí se encuentra uno de nuestros principales desafíos: seguimos llegando tarde.

Con demasiada frecuencia buscamos ayuda cuando la ansiedad ya paraliza, cuando la depresión ha deteriorado profundamente la vida cotidiana, cuando un adolescente comienza a autolesionarse, cuando el consumo de sustancias se convierte en una forma de escapar del sufrimiento o cuando aparece una crisis suicida.

Los datos obligan a mirar esta realidad con seriedad. En 2025 se registraron en México 8 mil 709 suicidios, equivalentes a una tasa de 6.7 por cada 100 mil habitantes. Entre 2015 y 2025, la tasa nacional pasó de 5.1 a 6.7. Del total de defunciones por suicidio registradas en 2025, 79.9 por ciento correspondió a hombres.

Estas cifras no explican por sí solas la complejidad de la salud mental del país, pero sí nos recuerdan algo fundamental: detrás de cada número existe una persona, una familia y una historia que no puede reducirse a una estadística.

No basta con decir “busca ayuda”

Durante años hemos repetido esta frase como parte de las campañas de sensibilización. Es necesaria, pero resulta insuficiente.

¿Qué ocurre cuando una persona decide buscar ayuda y encuentra listas de espera, costos que no puede cubrir, escasez de especialistas o servicios alejados de su comunidad?

El problema no es solamente individual. También es institucional y comunitario.

El Programa Sectorial de Salud 2025-2030 reconoce la necesidad de reducir la brecha de atención en salud mental y establece acciones para fortalecer la prevención, la atención primaria y la oportunidad de los servicios. El documento plantea, entre otras medidas, priorizar el primer y segundo nivel de atención no especializada y ampliar la capacidad de respuesta en salud mental, conducta suicida y adicciones.

En 2026, además, el Instituto Nacional de Salud Pública comenzó a desarrollar el Atlas Integral de Salud Mental, una herramienta que busca identificar la disponibilidad y distribución de los servicios públicos, así como las brechas de acceso existentes en el país. En su primera etapa, el proyecto se desarrolla en la Ciudad de México y contempla información sobre ubicación de servicios, tipos de atención, personal disponible y población atendida.

El reto, por tanto, no consiste únicamente en convencer a las personas de pedir ayuda. También debemos preguntarnos si, cuando finalmente la solicitan, existe una respuesta accesible, suficiente y oportuna.

Una sociedad que está cambiando

También necesitamos reconocer que las formas de sufrir están cambiando.

Niñas, niños y adolescentes crecen en ambientes donde la vida presencial convive permanentemente con la digital. Comparación social, ciberacoso, exposición a contenidos violentos, presión estética, necesidad de aprobación y conexión permanente forman parte de escenarios que generaciones anteriores no experimentaron de la misma manera.

Los adultos tampoco permanecen al margen. Precariedad económica, incertidumbre laboral, violencia, sobrecarga de cuidados, aislamiento, agotamiento y dificultades para conciliar la vida personal y profesional pueden acumularse hasta deteriorar el bienestar psicológico.

Por eso resulta peligroso explicar los problemas de salud mental únicamente como una falta de fortaleza individual.

Una persona no existe separada de su contexto.

El otro riesgo: trivializar la salud mental

Existe además una paradoja contemporánea: nunca habíamos hablado tanto de salud mental y, al mismo tiempo, nunca habían circulado tantos conceptos psicológicos fuera de contexto.

En redes sociales encontramos constantemente contenidos sobre “traumas”, “personas narcisistas”, “apego”, “ansiedad”, “depresión” o “TDAH”. La divulgación responsable es necesaria; el problema aparece cuando cualquier malestar se transforma en diagnóstico y cualquier conflicto interpersonal en patología.

No toda tristeza es depresión. No toda preocupación es un trastorno de ansiedad. No toda experiencia dolorosa constituye necesariamente un trauma psicológico.

Necesitamos alfabetización en salud mental: aprender a reconocer el sufrimiento sin patologizar automáticamente la vida cotidiana y, al mismo tiempo, identificar cuándo una situación sí requiere atención profesional.

Porque hablar de salud mental no debería significar ponerle una etiqueta a cada emoción.

Debería significar aprender a escuchar lo que nos está pasando antes de que el sufrimiento se convierta en una emergencia.

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