Gerardo Fernández Casanova / gerdez777@gmail.com

La violencia desatada hace algunas semanas merece varios adjetivos: desmesurada, desde luego, pero también coordinada y muy mediática; así mismo se le puede adjetivar como politiquera

Hay un evento válido en la detención de integrantes de cúpulas mafiosas en Jalisco que pudo haber desatado la reacción de sus huestes en Guanajuato, Michoacán y el propio Jalisco. 

Coincidió con una riña en el penal de Ciudad Juárez, aparentemente sin conexión con lo anterior; luego incendios sin víctimas en Baja California. Se incendiaron vehículos y tiendas Oxxo, previo desalojo de sus ocupantes, en una operación incruenta pero aparatosa; sin duda criminales muy bien educados y amables. Enhorabuena por el buen comportamiento.

Lo que verdaderamente merece el adjetivo de criminal fue el despliegue mediático en torno a los acontecimientos, lo que denota la vileza de su utilización para golpear al gobierno federal y a la estrategia de pacificación emprendida. A resultas de lo anterior, la sospecha de una acción orquestada por el conservadurismo opositor toma el cariz preocupante.

País militarizado

El Presidente anunció la propuesta al Legislativo de una iniciativa para que la Guardia Nacional, hoy dependiente de la Secretaria de Protección y Seguridad Ciudadana, pase a incorporarse a la estructura de la Secretaría de la Defensa Nacional. ¡Militarización! – gritan sus muy civilizados opositores- junto con su anunciada “moratoria legislativa”. Profesionalismo, honestidad y disciplina argumenta el Presidente, tomando el nefasto ejemplo de la Policía Federal de García Luna.

Hablando de militarización, me tocó en pésima suerte visitar Santiago de Chile a pocos meses del golpe militar de Augusto Pinochet, por cierto muy aplaudido y arropado por los grupos de poder antecesores de la actual oposición mexicana. 

El ejército patrullando las calles; allanando domicilios; concentrando sospechosos en estadios de fútbol; torturando y asesinando a mansalva, el peor terror imaginable, aunque parecido al de la “guerra contra el narco” de Felipe Calderón.

Solamente 180° de diferencia con la actuación del ejército mexicano de hoy. Digo que sólo 180° porque entre el PRI y el PAN solían hacer cambios de 360° para regresar al punto inicial. Ejército, Armada y Guardia Nacional mexicanos han hecho gala de respeto a los derechos humanos desde que, en la actual administración. 

Se estableció el marco legal para su operación en tareas de seguridad pública. Incluso, la incongruente oposición critica, como cobardía, la inacción de tales fuerzas cuando son atacadas por civiles desarmados. 

Piden rigor y mano dura, por un lado, pero exigen respeto a los derechos humanos. Más vale no escuchar sus contradictorios argumentos, sólo son intentos distractores mediáticos para confundir a una opinión pública cada vez más avispada, que ya no comulga con sus ruedas de molino.

Cambio de estrategia

Se exige un cambio de estrategia de pacificación aduciendo ineficacia de la actual, sin recordar que fueron ellos los |que aplaudieron la guerra de Calderón; que voltearon la mirada ante las cruentas masacres  perpetradas por soldados, marinos y policías federales en esos aciagos tiempos; |que no tienen una mejor propuesta para lograr la paz. 

Critican el lema “abrazos no balazos” porque abominan del amor como instrumento de paz; no es amor a los delincuentes sino amor al prójimo, al vecino y al paisano; amor entre nosotros por la paz. 

No les cabe en la cabeza que apoyar a los que menos tienen es una forma amorosa de combatir a la delincuencia. Sólo la fuerza y la mano dura del estado represor puede, según ellos, acabar con la delincuencia. Se equivocan; la paz sólo puede ser producto de la justicia. 

Lo que si es preciso que el pueblo tome cabal conciencia es que su voto es el que decide respecto del tipo de estado que prefiere: uno represor y militarizado contra la sociedad o uno que armonice la autoridad de la ley con el privilegio a los derechos humanos y sociales.

Se requiere ser insistentes en la formación de la conciencia política de toda la sociedad. 

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