
Cartas imposibles: Hugo Sánchez, 50 años de goyas
Querido Hugo: Estuve ausente del mundo, pero muy presente en mi universo. Hablo de esas introspecciones, a veces involuntarias, que llegan cuando una tragedia hace trizas el alma y nos obliga a mirar de frente nuestra fragilidad.
Así es la vida, supongo: una mezcla de luces y sombras que nos recuerda que nadie tiene garantizado el mañana.
Pero aquí estoy de vuelta, querido Hugo Sánchez. Regreso a estas Cartas Imposibles y me encuentro con la noticia de tu homenaje por los cincuenta años de tu debut con los Pumas. Entonces, pienso que este país, tan generoso para celebrar a sus ídolos mientras están en la cancha y tan mezquino a veces para reconocerlos cuando toca hacerlo, tenía una deuda contigo.
Qué te digo que tú no sepas. Me refiero a esa manera de ser de los mexicanos: un poco racistas, harto clasistas y fieles representantes de la famosa ley de la cubeta de cangrejos. Esa que dice que, cuando alguien intenta subir, no faltan quienes prefieren jalarlo hacia abajo antes que ayudarlo a progresar.
Por eso me dio gusto verte de vuelta en Ciudad Universitaria, recibir la ovación y cantar otra vez el Goya. ¡Qué manera de volver a casa! Cincuenta años después de tu debut profesional, el Estadio Olímpico volvió a pronunciar tu nombre como se pronuncian los nombres que forman parte de nuestra historia.
Yo sé pocas palabras del fútbol y casi nada de este deporte, pero sí sé reconocer el talento, la disciplina y la capacidad de alguien que ha hecho de su oficio una forma de trascender.
Te conocí siendo aquel muchacho de dieciocho años, el Niño de Oro que comenzaba a despuntar con la camiseta azul y oro. Seguí tu carrera en las páginas de los periódicos y me emocioné cuando íbamos en familia a verte jugar. A los Pumas, por supuesto. ¿A quién más?
Después te fuiste a España y te convertiste en figura del Atlético de Madrid y del Real Madrid. Desde México seguíamos tus goles, tus chilenas y esas acrobacias, vaya, esas volteretas con las que desafiabas la gravedad. No necesitaba entender todos los secretos del fútbol para sentir orgullo y admirar tu nivel deportivo.
Cinco títulos consecutivos de Liga con el Real Madrid, cinco Trofeos Pichichi a lo largo de tu paso por el fútbol español y una Bota de Oro. Las cifras son contundentes, pero no alcanzan para explicar lo que significaste.
Porque no se trata solamente de goles y trofeos. Se trata de haber abierto camino, de demostrar que un futbolista mexicano podía llegar a lo más alto del fútbol europeo y dejar allí una huella propia.
Por eso me conmovió verte emocionado durante el homenaje, escuchando ese Goya monumental. Y es que pienso que detrás de la figura, del goleador, del hombre que hizo historia, estaba también aquel muchacho que empezó a perseguir un sueño en una cancha. Quizá en ese instante, creo, se encontraron los dos Hugos: el que comenzaba y el que, medio siglo después, podía mirar el camino recorrido.
Querido Hugo, hoy te escribo como una aficionada que ha guardado tus hazañas en la memoria y que siente un cariño especial por los colores de los Pumas. Te escribo porque hay figuras que forman parte de nuestra vida sin conocernos, que se sientan a nuestra mesa a través de una conversación, que aparecen en los recuerdos familiares y nos devuelven, por un instante, a quienes fuimos.
Gracias, Hugo, por los goles, por las chilenas, por las tardes de fútbol y por esos cincuenta años que hoy celebramos contigo. Gracias por recordarnos que el talento puede abrir caminos y que hay regresos que tienen el sabor de una victoria.
Hugo querido, va para ti solito un Goya con todo mi corazón.
Dunia.


