Por Gerardo Fernández Casanova / gerdez777@gmail.com

Me causa profunda indignación tener que sufrir la pervivencia de una forma tan mezquina de hacer política por parte de muchos de sus actores, que no asumen la estridente demanda popular de erradicar los viejos modos de tan importante quehacer. 

No basta con el ejemplo del mayor oficiante de la profesión que es el Presidente de la República quien, por cierto, es objeto de la vileza de la politiquería a la vieja usanza. 

No es tampoco un asunto de leyes y disposiciones normativas, mucho menos de fuerza, lo que nos lleve a dignificar y moralizar la forma de hacer política. 

Ninguno de los partidos políticos –MORENA incluido- se salva de la mezquindad. No hay escuela ni título profesional que avale la facultad de alguien para ejercer la política de manera correcta. 

El único remedio para generar una transformación en la materia es el pueblo pero -perdón por el pesimismo- falta mucho trecho por caminar para lograr una sociedad consciente de su rol histórico moralizador, pero en esa ruta es que habrá que transcurrir el esfuerzo transformador. 

¿Cómo hacerlo en medio de la debacle?

El más influyente educador del país es el Presidente de la república, el actual (con mayúsculas) y todos los anteriores por el hecho mismo de ser la figura más importante, para bien o para mal. 

El segundo lugar lo ocupa la prensa en todas sus modalidades tecnológicas y sus inmoralidades pecuniarias. Hoy vivimos una tremenda contradicción entre la primera, moralizadora, y la segunda mayoritariamente prostituida y corruptora. 

La honestidad y la moralidad no son materia noticiosa, sólo merecen las primeras planas las notas difamatorias y la crítica mendaz. 

El Presidente López Obrador ha construido con sus conferencias matutinas un baluarte desde el cual fortalecer su capacidad didáctica enfocada a la formación de una mejor sociedad, en términos de contrarrestar la desinformación imperante en los medios tradicionales. Es un avance importante que merece la mayor atención pública.

Ricardo Anaya, derrotado y exhibido

En el colmo de la estulticia y la mezquindad Ricardo Anaya, derrotado candidato presidencial por el PAN y exhibido como corrupto por sus propios correligionarios.

Hoy indiciado, entre otras cosas, en relación con la venta de su voto como diputado a favor de la reforma energética de Peña Nieto, tan lastimosamente nefasta para los intereses de la nación, se autoinmola como “perseguido político” del régimen transformador, cuando sus procesos datan desde el sexenio anterior. 

Este es otro más de los síntomas de la profunda descomposición de la vieja clase política, por cuya extinción clamamos las voces mayoritarias. 

Opositores de la democracia

También el Presidente anuncia una iniciativa de reformas a la legislación electoral,  para cuya elaboración convocará a personas de reconocida solvencia moral y experiencia. 

Mis mejores deseos de éxito al proyecto, aunque soy escéptico por la nula disposición de los partidos conservadores para negociar con altura de miras tan necesaria reforma. 

Ellos no ejercen el papel opositor democrático, sino el defenestrador. Anhelan derrocar al Presidente por la vía golpista, despreciando la democracia de un referéndum revocador o confirmador del mandato, postulado de mucho tiempo atrás por AMLO, para que sea el pueblo, en ejercicio de su soberanía, quien decida si se queda o se va. 

Sinvergüenzas

Saben que el pueblo no los apoya y torpedean de mil maneras el ejercicio democrático, con el contubernio del Consejo del INE, tal como sucedió en la consulta popular del pasado 1 de agosto.

Con la más absoluta irresponsabilidad prefieren quemar la nave antes que perder sus afanes de lucro y de privilegios clasistas, han sido capaces de acudir a la OEA para que los proteja del “régimen opresor y dictatorial”. 

De eso y más son capaces. Ahora amenazan con crear la parálisis legislativa y una crisis constitucional en torno a la dirección política de la Cámara de Diputados. 

No tienen vergüenza y están llevando las cosas a acelerar la convocatoria a un Congreso Constituyente para formular una nueva Carta Magna y acabar de raíz con la fuente de todas sus triquiñuelas. 

Con el pueblo todo, sin el pueblo nada.

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