
Cartas imposibles. Gabriel: no eres tú, es Netflix
Querido Gabriel: ¡Qué crees! Hace poco me llegó la notificación de Netflix anunciando la adaptación de Cien años de soledad.
Ay, Gabriel de mis desvelos. García Márquez que llevo conmigo desde hace décadas y que ha viajado conmigo en tantas mudanzas. Has habitado distintas geografías conmigo: hemos conocido las madrugadas de sopor del trópico y las tardes heladas de un lejano y entrañable Cantábrico.
Debo confesarte algo: al principio rechacé la provocación de Netflix. Aunque no del todo.
Días después cedí y me asomé a Macondo. Quise ver cómo se veían José Arcadio Buendía y Úrsula Iguarán; cómo era esa casa donde comenzaba a crecer una estirpe condenada por el temor familiar de que algún descendiente naciera con cola de cerdo.
Y entonces ocurrió: no reconocí mi Macondo. Perdóname, Gabriel, pero aquel que apareció en la pantalla no se parecía al que durante años construí en mi cabeza.
Porque cada lector tiene su propio Macondo, digo. Ésa es la maravilla de leer. Las palabras son apenas la puerta. Después comienza la imaginación. Cada quien pone los colores, los olores, los sonidos, los rostros, las voces. Cada quien construye las habitaciones, los patios, los árboles, las lluvias interminables y hasta las mariposas amarillas que revolotean alrededor de Meme.
No estoy loca, Gabriel. Bueno, quizá un poquito. Pero así aprendí a leer. Recuerdo que mi madre nos interrumpía alguna tarde a la hora de la tarea para contarnos episodios de Cumbres borrascosas, de Emily Brontë. Ella imaginaba mientras leía y después nos prestaba sus imágenes. Tal vez por eso nunca he podido evitar ponerles cara, cuerpo y voz a los personajes de los libros.
Los libros se vuelven nuestros precisamente porque los imaginamos, por eso me resulta tan difícil acercarme a la propuesta de Netflix, no porque quiera juzgarla sino porque mi Macondo ya existe y lleva años viviendo conmigo.
Dicen que Cien años de soledad es una de las novelas más importantes y leídas de la literatura universal. Yo he contribuido modestamente a esas cifras: si me preguntan cuál es el libro que más veces he leído, la respuesta es ésta.
Y ¿sabes? volvería a hacerlo, en cualquier época, en cualquier lugar, en cualquier circunstancia. Volvería a comprar una nueva edición, aunque ya tenga cinco. Volvería a subrayar frases. Volvería a perderme entre los Buendía. Volvería a conversar contigo sobre el amor, la soledad, el deseo, la muerte, la memoria y esa manera tuya de hacer que lo imposible parezca lo más natural del mundo.
Así que, Gabriel, tengo que disculparme. No eres tú, tampoco es Netflix, soy yo.
Yo, que no tengo remedio y prefiero seguir viendo en mi cabeza el Macondo que construí durante años de lecturas. Yo, que quiero conservar mis propios rostros para tus personajes. Yo, que todavía puedo cerrar el libro y ver revolotear aquellas mariposas amarillas.
Así que permíteme seguir contigo, llevarte a donde vaya porque hay libros que uno lee y hay otros que, después de tantos años, terminan leyéndonos a nosotros.
Con locura, Dunia


